Saltar al contenido
Jorge Rojas

Opinión Opinión

Informar es un acto de rebeldía. Y los periodistas deberían jurarlo

2 min de lectura

Máscara atribuida a Dante Alighieri en una vitrina de museo, en Florencia

Hubo un tiempo en que el periodista tenía una tarea simple: contarte qué pasó. Hoy quien cuenta lo que pasó compite contra quien cuenta lo que deberías pensar sobre lo que pasó. Casi siempre pierde, porque la opinión se viraliza más rápido que el dato. Todo en un mundo que muchas veces privilegia el consumo envasado, fácil de digerir.

El sistema cambió sus incentivos: ya no premia la precisión, premia la reacción. El periodista dejó de ser puente entre los hechos y las personas para convertirse en un actor más de la discusión. Así se perdió la génesis: informar para que el otro piense, no para pensar por él.

Hoy el consumo informativo funciona como el de los alimentos envasados: fácil de digerir, alto en azúcar y grasas saturadas. La diferencia es que a los alimentos la ley les exige una etiqueta que lo advierta. A los medios, nadie. Y muchos ni siquiera se esfuerzan en ocultar su bando político.

Por eso, dar el dato limpio, con contexto y sin sermón, es hoy un acto de rebeldía.

Me pregunto dónde están los periodistas rebeldes. ¿Existe el coraje en una de las profesiones más importantes del mundo moderno? ¿Cómo separan el juicio previo antes de sentarse a escribir una nota o grabar un video?

El médico jura no hacer daño. El abogado, no faltar a la verdad ante el tribunal. ¿Y quien moldea lo que millones creen que ocurrió? Ningún juramento, ningún compromiso con el lector. Propongo uno, voluntario, sin licencias ni censura, solo palabra empeñada:

Juro distinguir el hecho de la opinión, y nunca vestir uno de otro.
Juro dar contexto antes que veredicto.
Juro confiar en la inteligencia de quien me lee o escucha.
Juro corregir mis errores con el mismo despliegue con que los cometí.
Juro que el aplauso no será mi brújula.

Un juramento no garantiza nada. Pero obliga a decidir, antes de ejercer, a quién le debe lealtad el que informa: al rating o a la verdad.

¿Por qué incomoda tanto? Porque con los años aprendí que todos tenemos un incumbente: alguien, o algo, ya instalado, que se beneficia del statu quo y nos prefiere quietos, siguiendo la tendencia, sin hacer ruido. Las universidades y los medios son dos de los más poderosos. Informar con criterio propio es incomodarlo.

Informar sin opinar no es neutralidad tibia. Es respeto. Y en tiempos de ruido, respetar al que escucha es la forma más elegante de rebeldía.

Jorge sonríe y apunta hacia la vitrina con la máscara atribuida a Dante, en un museo de Florencia
Con la máscara atribuida a Dante, desterrado por incomodar al poder de su tiempo. Florencia.

Compartir

Más en Opinión

Ver todos →