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Soledad

Abrazada por el sol de verano, la ciudad parecía absorber toda la fuerza del astro. Las altas temperaturas han estado por sobre lo normal, debido a la presencia del fenómeno meteorológico llamado “El niño”.  Las terrazas de los bares y restaurantes cubiertas en toldos de poliuretano intentando conseguir algo de sombra. Gorras deportivas, sombreros de paja cubriendo los rostros de los transeúntes que jadeantes se desplazan por las calles de la urbe.

Felipe no hace la excepción, con el rostro ruborizado y la camisa sudada, queda a la vista que a caminado durante varios minutos bajo los rayos del sol. A paso lento se dirige como todos los martes, a almorzar al restaurante donde le atiende con la misma habitualidad un garzón al que se le conoce como Giorgio.
Comida italiana es la especialidad de la “Trattoria e pizzeria Da Génaro”. Debido a la fachada moderna parece más bien un local de comida rápida, escena que se vuelve del todo diferente una vez que se ingresa a la dependencia. El piso de madera rustica, los faroles que alumbran un amarillo tenue, el candelabro y las flores que decoran cada una de las mesas otorgan al lugar un romanticismo e intimidad que según los italianos sólo los bañados por el mediterráneo saben plasmar.
Giorgio abre la puerta del local con la amabilidad que le destaca y saluda con la misma intención a su cliente, Felipe le devuelve el saludo como si se tratará de un viejo amigo, como si se tratará incluso de uno muy especial.
Sin hacer observaciones al respecto, ambos se dirigen hacia la mesa contigua a la ventana; la terraza y las cortinas de terciopelo filtran la luz del sol.
-¿Qué te apetece el día de hoy? – Giorgio pregunta con suma confianza
Felipe le queda mirando con un rostro de cierto escepticismo, manifestando una duda. ¿Qué podrias ofrecerme qué no haya comido hace un buen tiempo?
-Podría ser un Carpaccio di filetto con salsa al limone, propone rápidamente el garzón.
-Aceptaría con total agrado sí esta vez me acompañas y compartimos además un buen vino. – Responde Felipe en una fluida conversación.
-Tu sabes que no está permitido sentarnos a la mesa con los clientes.
-Pero yo no soy un simple cliente. – Alega en un tono triste. –Yo soy un amigo de la casa, un amigo que hace más de 15 años les visita cada martes.
Giorgio aprueba el comentario con un movimiento en la cabeza y agrega: Pero recuerda que soy un empleado, y por más que me autoricen necesito de las propinas; es como me gano la vida. –Agrega.- Tal vez debieras pedirle a don Genaro que te acompañe, aunque dudo que lo haga porque debe registrar los pedidos y hacer los cobros.
-¿Has notado que cada martes, está mesa se encuentra reservada para ti y que pese a nuestra diferencia de edad te llamo por tu nombre?.- Agrega Giorgio.
-Es algo que yo te pedí.- Responde el cliente. Porque tu eres mi amigo, nos vemos con frecuencia, nos escuchamos mutuamente, hablamos del acontecer noticioso y lo que es mejor compartimos el gusto por los mismos vinos, con la salvedad de que nunca hemos descorchado una botella juntos y espero que hoy ocurra por primera vez. Además hoy me ha invadido un sentimiento de soledad y quisiera charlar un rato.
¡Espero lo comprendas, pero en verdad no puedo!. –Responde el dependiente a un ritmo pausado.- Te traeré la carta de vinos, tenemos una nueva variedad de Merlot que hacen de exquisito maridaje con el Carpaccio.
Se abre la puerta y suenan las campanillas de acero que avisan cada vez que entran o salen pasajeros del recinto. Un matrimonio joven se dirige hacia una de las mesas disponibles y el joven garzón se desplaza en su dirección para darles la bienvenida.
Felipe se queda mirando a la pareja, les observa con detención; los detalles son su especialidad. El joven de unos 25 años viste un traje negro y un a corbata roja, con suavidad toma la mano de su compañera también vestida de negro y la besa como si se tratará de una princesa. Espontáneamente aparecen caricias para la muchacha, quien con el mismo sosiego aferra la palma de la mano en su rostro.
Inquieto y nervioso, Felipe se detiene a observar a su alrededor, a los clientes que a estas horas del día degustan de los deliciosos platos allí preparados; en cada mesa hay a lo menos dos personas, todos conversando y saboreando las exquisiteces culinarias. Al parecer les sobran las razones para celebrar y de manera repetida entrechocan las copas en un brindis antes de llevarse el vino a la boca.
En voz baja se habla a sí mismo: ¿Por qué es tan triste mi vida?. -¿Por qué estoy tan sólo?. Un sentimiento sombrío se apodera de sus pensamientos. ¿Por qué todos se han ido?. – Se pregunta ahora con un tanto de ira.
-El garzón se acerca y consulta. -¿Has elegido el vino?.
-Tu sabes que soy un hombre sólo, mi familia me ha abandonado.
-Si, lo se, han pasado años desde que tu familia se ha marchado. – Responde el mesero un tanto sorprendido por el comentario.
-El próximo mes se cumplen 15 años y el recuerdo sigue intacto, como si hubiera ocurrido ayer.
Giorgio se ausenta en respuesta al llamado venido desde una de las mesas.
-¿Por qué todos se han ido?. Vuelve a preguntarse. -¿Estoy viejo, enfermo y lo que es peor, muy…pero muy sólo!.
Se levanta de la silla y camina en dirección a la barra. El barman es también un viejo conocido. Se saludan con cierto afecto.
-¿Tu sabes que soy un hombre muy sólo?. –Pregunta Felipe a su nuevo oyente, intentando ser oído y acompañado.
-Algo me has comentado en diversas ocasiones. –Le responde el dependiente.- Si mal no recuerdo tu mujer se ha llevado a tus hijos, con la intención de pasar unas vacaciones en Italia y no han regresado jamás, esto hace ya más de 10 años.
-El próximo mes se cumplen 15 años. – Corrige el cliente.-
Mi casa esta vacía, aunque cada habitación siguen intacta; el dormitorio de mi hijo aun está repleto de posters con esos locos rockeros, también hay una guitarra eléctrica, un parlante amplificador y discos compactos. El dormitorio de mi pequeña, es tal vez el lugar que me provoca mayor tristeza y soledad; los peluches que acumuló desde sus primeros años de vida, la pizarra que tantas veces coloreamos juntos; era recién una niña cuando la vi por última vez, ha pasado el tiempo y pese a la realidad me cuesta creer que nunca más he vuelto a oír su dulce voz. La habitación matrimonial con la cama de 2 plazas, el sofá en el que mi esposa solía sentarse a leer, la repisa del baño de la suite guarda todos los artículos de maquillaje. No obstante, mi casa está vacía.
-¿Has pensado en viajar a Europa e intentar traerlos de vuelta?. – Pregunta el barman entretanto prepara un coctel con frutas y ron.
Mi mujer se ha inventado una historia, el peor drama que puedas imaginar y lo ha divulgado una vez que se han radicado en Roma; se lo ha dicho a mis hijos y nunca más quisieron saber de mi. Para mi cumpleaños número cincuenta no recibí ni una postal ni un llamado, sólo algunos e-mails de cordialidad enviados en forma automática por empresas que sólo buscan administrar mi dinero.
En el negocio los dependientes me odian o a lo menos me rechazan; mis hermanos están jubilados lejos de la ciudad, son unos hippies que se la pasan imaginando un mundo de burbujas. Mis vecinos son unos bochincheros que hacen de la vida una fiesta, al parecer no trabajan, -¡no quiero pensar como consiguen dinero!.
-Si ha sido una historia inventada. ¿Por qué no has recurrido a la justicia?, ¿Por qué nos ha ido tras tus hijos?.
Jamás he pretendido cambiar la decisión de mi esposa y espero que algún día la verdad salga a la luz, no importa cuanto tiempo haya pasado y menos me importa cuanto deba esperar, las cosas pasan por algo y aunque me alcancen los años y tal vez haya muerto, confío en que mis hijos se enteraran de la verdad. Será entonces, ante mi tumba que se disculpen por no haberme visitado para al menos preguntarme si lo que decía su madre era cierto e independiente de como hayan sido las circunstancias por no haberme escrito en navidad. Será entonces, ante mi tumba, aunque para ellos sea demasiado tarde para este pobre viejo se habrá terminado la soledad.
Notó que se acercaba la noche y sin mediar palabra pagó por los servicios del restaurant. Se retiró en un habitual silencio.
Desde la puerta llamó a un taxi, dio instrucciones específicas y guardó silencio hasta su destino.
Entró a su casa, el silencio y la oscuridad llenaban todos los espacios. Con un toque impulsivo se dirigió a la habitación principal y levanto el teléfono; consulto la vieja agenda hojeando hasta dar con el objetivo, comenzó a teclear con desesperación, transcurridos un par de segundos escuchó el primer tono, luego el segundo, pasaban y pasaban sin respuesta alguna, de pronto se activó una contestadora que repitió el mensaje de una mujer, hablaba en italiano, era la voz de la mujer que por años fuera su esposa : ¡Ciao!, siamo in vacanza in Chile, ci lascia un messaggio o di richiamare dopo Natale. ¡Ciao!. Felipe comprendió de inmediato, con una gran interrogante y cierta desesperación exclamó: ¡Están de vacaciones acá Chile!.
Un tanto torpe consecuencia de los efectos del vino y de la sorpresa que se acababa de llevar caminó a paso lento hasta su dormitorio, no le fue necesario abrir la ropa de cama y con tan sólo quitarse los zapatos, se recostó.

Fin

CicloMia no Tuya

Escasas son las vias, mínimas las señales, no hay barreras para separar tu esencia ruda de la mia, los motores sonoros superan la fuerza de mis piernas musculosas, no tengo tu respeto.  Cada mañana veo como somos más y más, cada tarde veo como regresamos sudados a casa luego de un arduo pedaleo.  Este es un recuerdo tal vez un sueño, en este momento me encuentro tirado en un ardiente cemento, a un costado de la vereda amarilla, a milimetros de furiosos autos que se aferran a mi, me asustan.  Esa delgada pista es una ciclovia, ciclomia no tuya.
Cuento presentado en el Concurso “Santiago en 100 palabras” versión 2013