Una ilusión perpetua

Me levanté del escritorio, tomé el teléfono y la llamé. De una vez por todas lo estaba haciendo; basado en motivos que aún no logro comprender, aunque más allá de las dudas fue un acto con gran fortaleza y decisión, con gran ánimo y con una felicidad evidente.

Mientras esperaba atento la llegada de su voz los latidos de mi corazón arremetían su ritmo en mis oídos y superaban el sonido ofuscado del auricular, en tanto, la situación o la espera comenzaban a manifestar su crueldad, durante milésimas de segundo quise cortar la llamada -tal vez debí hacerlo y dejarla en paz.  Mantuve mi impulso para así no arrepentirme atado al miedo, espere su voz para decirle todo lo que siento, decirle cuanto lamento que lo nuestro haya terminado, decirle que aún no se escapan los sueños, nuestros sueños.
Un nuevo suspiro y desde el agudo silencio apareció una voz en mi oído, confundido, aturdido, lancé un alo! – era ella, me saludo amablemente, le hable en pausas y con voz serena, le salude; las frases y preguntas típicas marcaron el enlace inicial – cómo estás? como te ha ido? – en un ir y venir tanto suyo como mio.
Mientras me iba describiendo los nuevos pasajes de su vida, lamenté no haber estado a su lado, sentí envidia, envidia no se de que porque hasta ese momento no habló de un nuevo amor, no lo hizo, pues no existía.  Fugazmente pensé que ambos nos estuvimos estorbando, ya que nuestras vidas eran superficialmente mejor que en la época de nuestro vivir.  Repetidamente le interrumpí para hablar un poco de mi, también tenia cosas para decirle, cosas buenas, matices nuevos en mi vida, que me enorgullecian y que ansiaba compartírlos, dedicárselos.
Ahí estaba al teléfono, escuchándola y caminando de lado a lado, a una velocidad que me volvía más ansioso.
Su voz me llenaba de cariño, era su tono alegre, eran sus sonidos seduciendo a mis oídos – me sentía confundido, aturdido y cada vez más ganoso de verla, de tenerla nuevamente entre mis brazos, de besarla para llevarla conmigo a la eternidad, a través de los sueños, de la vida placentera y pura.  Un sentimiento de paz se adueño de mi alma y me sentí algo más pleno. 
Paz efímera, me abandonó cuando como por razón que sólo se aprecia ante un mal hechizo, vi su rostro cerca del mio, sentí un estallido en ansiedad y desesperación, de miedo, miedo de fracazar una vez más, de romperle el corazón una vez más.  Tantas cosas que quise contarle, agradecerle, hechos gratos y plagados del éxito que esperamos juntos.
Fue un dialogo grato, lo fue para ambos y quedo manifestado en la sintonía de nuestras voces, en la afinidad de nuestra voluntad.  Afortunadamente fue tan sólo eso, una manifestación de buenas intenciones, intenciones que en el pasar del tiempo serían atacadas y perpretradas por la inseguridad, por el capricho inmaduro.
Escribo estas líneas en su memoria, a su amor por mi y mi amor por ella, al recuerdo vivo y rico en emociones placenteras, a la virtud de un amor hermoso pero definitivamente abatido por las tormentas nocturnas venidas de la frialdad de mis miedos, por la sensación y temor a que nuestro amor no sea más que una ilusión, una ilusión perpetua y desamparada por mi corazón.

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